Estaba
sentada en el comedor escribiendo quién sabe qué, mientras sus mejillas se
cubrían de lágrimas.
- - ¿Qué
te pasa cielo? – Preguntó su abuela mientras aparecía por la puerta.
- - Nada,
no te preocupes.
- - Con
una sonrisa fingida no vas a arreglar nada amor. ¿Qué te preocupa?
La
chica suspiró y se encogió de hombros. Fue lo único que le salía en aquel
momento. Su abuela se acercó y se sentó a su lado. Advirtió una sucesión de
espirales sin sentido en el dibujo de su nieta, la miró a los ojos y le quitó
el bolígrafo.
- - ¿Sabes
qué hago yo cuando estoy confundida y triste?- Preguntó mientras empezaba a
dibujar la silueta de una persona.
- - ¿Qué
haces?
- - Pues,
abro mi armario y empiezo a ordenar la ropa. Tiro lo que ya no me sirve o
aquello que me trae malos recuerdos. También abro los cajones de mi mesita de
noche y esparzo todo su contenido sobre mi cama. Luego voy buscando qué me
molesta, qué pañuelo nunca me ha gustado pero sin embargo lo conservo, qué
calcetín me aprieta demasiado o demasiado poco. – La mujer seguía dibujando
mientras hablaba.
- - ¿Y
todo eso, te ayuda? ¿Qué tiene que ver?
- - Vacío
un poco mi vida de todo aquello que me pueda dar malas sensaciones. ¿Sabes?
Siempre he oído que si ordenas tus cosas, también contribuyes a ordenar tu
propia vida. Aparte, también puede servir para centrarte en eso y no pensar, no
te lo niego.- Dijo entre risas.
La
chica miró el dibujo de su abuela ya terminado. Era una mujer joven con una
sonrisa amplia.
- - Gracias
abuela.- Dijo mientras la abrazaba.
Aún
hoy, cuando miraba aquel dibujo recordaba ese momento, y ya sabía qué era lo que
tenía que hacer.