Lo vi. Estaba con sus amigos, con su elegancia habitual, con sus ojos que parecen mostrar cada uno de sus sentimientos sin que él pudiese evitarlo. Sonreía y charlaba con todos y yo observaba. Porque eso era lo único que mi guía de instrucciones virtual me hubiera dejado hacer. En ese momento, me hubiese levantado, y después de acercarme y quedarme unos segundos contemplando sus tiernos y profundos ojos, le hubiese besado, dulce y cálidamente. Luego le habría dicho esas dos palabras tan difíciles de decir cuando se sienten de verdad. Y sí, estaba enamorada, como nunca lo había estado de nadie y probablemente como nunca lo estaría. Sin embargo, me quedé sentada, a la espera de que al menos, me dirigiese una breve mirada. Porque hay cosas imposibles. Que te obligan a mirar hacia otro lado, pero el destino es caprichoso y te las pone justo delante para que no las puedas pasar por alto. Al fin y al cabo, estas cosas te dan momentos buenos, unas ilusiones grandiosas y sentimientos hermosos. Porque lo que no te mata, te hace más fuerte, y lo que no pueda hacerte daño, tampoco podrá hacerte feliz.

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