Dos palabras que unidas cobran un gran sentido para el que las dice, y el que las oye. Aunque por suerte o desgracia, diferente sentido en algunos casos para cada uno.
Hay varios tipos de “te quiero”. Pero los podríamos dividir en dos: Los verdaderos y los falsos.
Te quieros verdaderos. Qué te quiero más real que el de una madre o un padre a su hijo y viceversa. Un te quiero sin intereses, sin tener que dar nada a cambio para recibirlo (en la mayoría de los casos, pero como en todo, hay excepciones). Otro verdadero, el de la amistad, pero no el de amistad por conveniencia, que en todo caso, eso no se podría llamar amistad. Y el que todos estábamos esperando: el te quiero de los enamorados. Algunos estaréis pensando, “oohh que bonito”, claro que sí, pero no más que los anteriores. Casi siempre que pensamos en “amor”, nos imaginamos a una pareja de enamorados, pero analicemos la palabra “enamorados”. Viene de amor, y amor es un sentimiento procesado hacia personas, e incluso animales o cosas. Por esta regla de tres, un padre y un hijo estarían enamorados, ya que sienten amor el uno hacia el otro, ¿por qué no? Pero bueno, eso es otro tema.
Ahora, los más gracioso, “los te quieros falsos”. Definición: un te quiero falso es el que dices sin sentirlo, normalmente para conseguir un objetivo, o para hacer sentir bien a la otra persona, entre otros motivos. Ejemplo clarísimo de un te quiero falso: cuando x se lo dice a y, para conseguir liarse con y. Qué triste.
Te quiero, te quiero, te quiero… A eso algunas veces se le deberían añadir ciertas palabras detrás, o simplemente un: ¿de verdad?
Un te quiero es un arma de doble filo, y hay que saber utilizarla bien, y ahora me voy a poner pastelosa: hay que decirlo cuando realmente lo sientas de corazón, porque corres el terrible riesgo de ilusionar, y de que cuando lo sientas, hayan dicho tantas veces que viene el lobo, que cuando llega de verdad, no se lo cree nadie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario