El ser humano no es libre. El hombre vive en la cárcel de sus emociones. Sujeto a idas y venidas, a subidas y caídas. Viajamos día a día en el vagón de una montaña rusa, que tan pronto nos lleva a su punto más alto como nos baja a ras del suelo. Las emociones queman, acarician, rasgan... Tienen la capacidad de hacerte flotar, sentir el mayor bienestar imaginable. Son peligrosas y grandiosas. Condicionan, o mejor dicho, rigen nuestra vida. Aquél que tenga la capacidad de gestionarlas, será capaz de vivir en plenitud.

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