No nacimos con una guía de instrucciones que nos dijera qué
hacer en ese momento, simplemente nos dieron un sentido común y un cerebro poco
entrenado. Nadie nos dio una lista con los pros y los contras, ni siquiera un
lector de mentes. Por eso no nos deberíamos culpar por tomar decisiones
equivocadas o por no tomarlas. Lo que sí nos dieron es la creencia de un
supuesto “destino”, que ya ha hecho todos los planes por ti, y tú tan sólo eres
una marioneta que mueve a su antojo.
El destino siempre está ahí para tener la culpa de todo o
para dar un atisbo de esperanza. Para pensar que las casualidades son
causalidades y no perder las ilusiones que van invadiendo nuestra mente poco a
poco. El destino suele estar aliado con el universo, y los dos se ponen de
acuerdo para poner nuestro mundo de cabeza, y sacar obstáculos de donde no los
hay.
Quizás le echamos la culpa a estos dos amigos porque no somos
capaces de ver lo cobardes que solemos ser. Puede que la culpa sea nuestra por
estar siempre esperando nuevas oportunidades. Por ser lo suficientemente
estúpidos como para no saltar a la piscina cuando se nos presenta la ocasión.
El destino puede ser simplemente nuestro cerebro mal entrenado que nos engaña, para
creer que somos incapaces de cambiar las cosas nosotros mismos, y que no
necesitamos de algo externo que determine lo que va a pasar.
Se supone que nos mandaron aquí de una patada para vivir, y
vivir significa equivocarse, pero también acertar. Si nos arriesgamos, ¿quién
nos dice que siempre vamos a fracasar?